Hace tres años nuestros padres y abuelos fueron confrontados ante una triste realidad, todo lo que ellos poseían en menos de un minuto había desaparecido. El fatal golpe sucedió al mediodía del 5 de febrero cuando ocurrió una réplica del terremoto, igual de mortal, pues cuando las personas habían cobrado valor para rescatar a familiares o auxiliar a vecinos o intentar rescatar lo poco que hubiera quedado de sus pertenencias fueron turbados por un movimiento de tierra mortal.
Mi abuelo me contaba precisamente ayer que las labores de rescate eran intensas. Los cementerios se llenaron de muertos que "jateados" los enterraron en una fosa común porque muchos de esos cuerpos ya estaban en un estado avanzado de descomposición. También se organizaron en la ayuda a rescatar a personas que quedaron soterradas y estaban luchando por vivir y que muchos dieron su último adiós a este mundo esperanzados en que guatemaltecos de buena voluntad los rescataran. Otro dato curioso es que se organizaron cuadrillas de vigilancia pues los saqueadores estaban aprovechando la situación para hacerse de las suyas. Evangélicos, católicos y aún escépticos se unieron en un mismo pensamiento: Levantar a Guatemala de entre los escombros.
Lo cierto es que nuestra generación, la que no vivió esa situación no sabemos los riesgos que día a día nos acechan pues en cualquier instante podría ocurrir una tragedia quien sabe de qué magnitud.
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